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«Y ahora, por Dios, nada de imprecisiones,
el viento,
sobre la mesa revientan espumas, los muros no existen,
el viento».

-Enrique Molina-
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ABRIGO ROJO

A DIARIO

El Laberinto

jueves, 30 de agosto de 2012

RECINTO

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RECINTO













   Primero son unos cuantos kilómetros, es muy difícil que al recorrer ese lapso septentrional no crezca más la distancia de forma que el vehículo que yo elija para viajar, siga la ruta desnuda. Es muy posible que la cubierta que escoja la deshagan los buitres por el camino, no logro dejar de ver todas esas coronas en las cabezas de las fieras.


Y después, si consiguiese llegar con mi auténtica piel pujando contra los tatuajes, todavía se podría tratar de estaciones ignotas como aquellas que espían en los extremos de los minutos encabritados; no, no puedo estar segura de haber llegado a la tierra del sol. ¿Cómo saber entonces por dónde ir o si esos rayos lamidos no fuesen los aletazos de algún viento a la fuga?


Voy a tirar esas máscaras atrofiadas que se recuestan en mis oídos, estos sordos zarpazos que me taladran esta voz, chatarrería inútil.


La voz... no sonaba la voz sino cuando en los ecos se cercenaba el borde, como un reverso en el que cada vez al salir era volver un entrar… los silencios se precipitan por la garganta como si fueran tajos, en cucharadas de hielo, porque resulta imparable la incidencia de las esquinas sobre su rostro.


Las siluetas que se formaron entre las calles fueron zumbidos, marañas de pavesas y polvo que permitieron reconocer el temblor; de cada paso del pie partía la ceremonia del cuerpo fundiéndose con las formas, buscando en ellas su resplandor filial, su música de gemidos, esa voz del recinto hacia el que se dirige siempre el reloj para burlarse de las guadañas.
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